En Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes concibe a un hombre que vive más en el mundo que imagina que en el real. Los molinos se convierten en gigantes porque su imaginación es más poderosa que los hechos. Su experiencia está gobernada por el significado que decide otorgarle a la realidad y no por lo que ocurre.
Algo semejante —aunque radicalmente distinto en su naturaleza— sucede con la inteligencia artificial (IA). La IA no accede al mundo como lo hace un ser humano: no percibe, no comprende, no experimenta. Reconstruye patrones a partir de datos y produce respuestas estadísticamente plausibles. Cuando acierta, parece entender; cuando se equivoca, genera afirmaciones coherentes pero infundadas. Opera dentro de una lógica interna consistente, aunque esa coherencia no garantice la verdad.
La diferencia esencial es la conciencia. Don Quijote elige su ficción como proyecto vital: busca justicia, honra y belleza. La IA, en cambio, no persigue fines ni alberga ideales; optimiza probabilidades. Don Quijote transforma el mundo para dotarlo de sentido; la máquina procesa información sin saber que lo hace.
Sin embargo, ambos revelan una lección común: la coherencia narrativa puede ser más persuasiva que la realidad. Una historia bien construida —sea literaria o algorítmica— puede imponerse a los hechos si quien la recibe renuncia a examinarlos críticamente. El riesgo no reside en la ficción consciente del caballero ni en el cálculo automático del sistema, sino en nuestra disposición a aceptar como verdadero lo que simplemente suena convincente.
Por eso adquiere importancia y actualidad la figura de Sancho Panza, quien encarna el juicio práctico, la verificación paciente, el contraste con la experiencia. Hoy, esos “Sanchos” son quienes auditan algoritmos, regulan tecnologías, enseñan pensamiento crítico y verifican información antes de difundirla. No detienen el progreso; lo hacen responsable.
Hoy, el quijotismo ya no es individual, se ha vuelto coral: interpretación moderna propuesta por el jurista Antonio Colomer Viadel, que traslada el idealismo quijotesco desde la figura solitaria hacia una colectiva. Millones de personas imaginan simultáneamente, proyectan utopías y temores sobre sistemas que multiplican la fuerza de esas narrativas.
Si el quijotismo se colectiviza y la IA lo potencia, Sancho Panza no puede seguir siendo solitario. Necesitamos un Sancho coral —o incluso un “super Sancho”—: una prudencia organizada, crítica y compartida, capaz de estar a la altura de la magnitud tecnológica.
Antes bastaba un escudero para equilibrar a un caballero.
Hoy, frente a una imaginación amplificada por la IA, hace falta una comunidad
entera que ejerza juicio. Porque cuando el sueño se vuelve masivo y la máquina
lo acelera, solo una responsabilidad igualmente coral puede impedir que
confundamos definitivamente los molinos con gigantes.
